A veces miro el techo y todo se da vueltas, como si bailaran una ronda y me excluyeran de su juego.
También suelo ver cajas apiladas sobre las personas, que las cargan sin darse cuenta.
En ocasiones, puedo ver caras de latón que se enfrascan en rencillas inútiles sin final, o masas que caminan y avanzan hacia precipicios desde donde no podrán volver, y todos se lanzan al vacío sin esperar señal o aviso.
Me he descubierto mirando mujeres que dan a luz frente a espejos ciegos, y luego amamantan criaturas extrañas que muerden y rasgan sus pezones con afilados dientes y colmillos, y me pregunto ¿de qué trata el amor de madre? ¿Dar sin recibir nada a cambio, excepto mordidas?
Después de unas botellas, veo tu ciudad claramente a la luz de los faroles roñosos, y logro desvelar los secretos que ellos guardan en sus mortecinas lumbreras, que están ahí para quien sepa donde buscar, pero pasan inadvertidos para los transeúntes.
Manchas de vomito y orines, perros vagos que mordisquean manos para encontrar comida; casas iluminadas de amarillo en donde veo caras inexpresivas frente a televisores luminosos y lascivos. Veo campanarios, puertos, mendigos, botellas de alcohol y tabaco en el suelo; mierda de perros y humanos esparcidas por la calle y pegadas a mis botas... Pero no veo una luz blanca esperanzadora, sólo débiles destellos de calor y frescura unidas.
Mis ojos se cansan. Me duermo.