Serán ustedes, seré yo... La cabeza se me va y tengo ganas de fumar (otra vez).
Me asomo por la ventana (ayayay) y veo noche negra, cerrada como concha de monja, y me devuelvo a la cama para cubrirme del frío.
La mañana se anuncia fría; el invierno no piensa en los que no tienen casa, simplemente llega y congela sin remordimientos. Pero yo tengo un buen chaleco, así que salgo a fumar y a soltar a la perra para que corra, de nuevo libre. Y mientras camino y fumo, la calle pasa bajo mis pies, y las nubes caminan sobre mi cabeza, mientras el humo calienta mi cuerpo con su malsano contenido, pero me alivia por un rato.
A lo mejor un pito, o tal vez un vinito para calentar la cuneta mientras llegan a buscarme para ir al funeral del otoño, que se nos murió de viejo y mañoso y porfiado, porque cuando le dijimos que se abrigara se sacó todas las hojas y las tiró al suelo. Ahí se agarró la neumonía, pero no fue eso lo que se lo llevó, si no que la edad. Ya estaba senil y agotado, era cuestión de tiempo.
Por ahí veo a los escolares, caminando con esas mochilas más grandes que sus espaldas, de vuelta a la casa a comer sopaipillas recién hechas, de esas con harto zapallo de ese que nace de las semillas que se siembran en la tierra; de esa en donde viven los bichos y donde vive la vida y la promesa de un nuevo verano que vendrá a calentar a las pálidas y pacatas flores nacidas en la primavera veleidosa y cartucha que se viene a dar una vuelta por este Santiago. Un Santiago lleno de cartuchos y señoritas bien, a los que les hace falta un buen revolcón en una cama húmeda de amor para darse cuenta de que no hay que caminar con los pies, si no que con las patas de las sillas en donde nos sentamos juntos una vez: yo sobre la silla, tu sobre mis piernas. Y te movías como sin querer, pero yo sabía que querías que yo quisiera sentirte quererme. Y en ese juego bailábamos entre contoneos sensuales y caricias de mentira, de esas que se dan como que no quiere la cosa, pero se dan con su qué; ese no se qué, qué se yo, serás tú o yo seré...
Porque si serás, seremos juntos, porque no me gusta quedarme al margen.
Y al margen del bullicio que armamos cuando nos amamos de mentira sobre la silla, está el ruido de Santiago. Nuestro telón de fondo, por el que caminamos tratando de no oír, porque recordamos cuando oímos que la civilización le ganó a la naturaleza, y por eso el viejo otoño tenía razón cuando desvariaba y le gritaba a los niños que no le molieran las hojas, porque ese sería el colchón de nuestra cópula futura, manchada por el ruido de la silla. Pero que más da, tenemos grandes audífonos para escondernos de la realidad y pensar que tenemos un buen soundtrack para seguir caminando hasta pillar a la perra que puede cruzar la calle y chocar a un auto...Quizás cuántos heridos podría dejar, si es tan dura de mollera.