Después de un par de años volví a mis tierras, de donde me fui dejando tristezas y alegrías vivas en el recuerdo de otros que me vieron en mi gloria. Sentía alegría al entrar de nuevo por aquellos recintos tan familiares para mí; caminé hasta el portal, donde los guardias me recibían con sonrisas y respeto en aquellos días.Hoy el umbral del portón estaba oscuro y sombrío, y los guardias me miraron con recelo, como a quien vuelve desde la muerte con una carga de putrefacción sobre su espalda. No había sonrisas en sus semblantes: sus rostros delataban temor antes que respeto, desconfianza antes que lealtad hacia quien, hacía un tiempo no muy distante, derrotara a las fuerzas opresoras que sitiaban al pueblo durante décadas.
Fui tomado prisionero; así lo dictaba la nueva ley: nadie que se acercara a las puertas sin ser invitado era amigo del rey, y sería inmediatamente llevado a la corte donde su señoría proclamaría la sentencia.
Al ver que no se atrevían a tomar mis manos, caminé libre por lo que fue alguna vez mi hogar, aún cuando me rodeaban cuatro hombres armados.
Me sorprendió advertir que mi gente había aceptado la soberanía de un rey. Nunca pensé que aceptarían sin ofrecer resistencia, sin vender caras sus vidas al ver que se amenazaba su libertad.
Fui llevado hasta la corte, donde el rey me miró y escuchó a los guardias el como había llegado a la puerta.
Al ver al rey, me dí cuenta de que era el mismo enemigo derrotado tanto tiempo atrás, que había vuelto y dictaba la sentencia contra su antiguo matador, proclamando la venganza con una amarga sonrisa en los labios.
Me condujeron a los calabozos,donde no había espacio para un ratón.Lleno de personas que poco guardaban de su apariencia producto del sufrimiento que debieron sufrir.
Entré en una celda atiborrada de gente, entre la cual muchos reconocieron las marcas de mi cara, famosas por la forma en que fueron grabadas en mi piel. Varios se postraron, saludando a su antiguo señor, mientras otros revisaban la imagen que les ofrecía, sin poder creer que fuera el mismo que un día los dejó para perseguir a la Sombra.
Los hombres me contaron que la misma gente que antes luchó junto a mí, al ver que no volvía, decidieron entregar la ciudad al enemigo que había reaparecido haciendo correr la noticia de mi muerte. Mientras una parte de las personas presentaron batalla ante el enemigo,la gran mayoría abrió los portones y las distintas entradas para que el ejército oscuro no tuviera impedimentos. Sólo ellos sobrevivieron a la matanza, y quizás fuera mejor que hubieran dejado de ver la luz en esos días.
¿Qué puedo hacer yo para cambiar todo esto, si la gente a la que intento proteger regal su libertad y no intenta salvarse por sí misma?
Aún espero la ejecución, mientras los esbirros del nuevo rey se divierten con las torturas que inventan y traen a las celdas cada día...
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