jueves, 9 de febrero de 2012

El lobo, mirando por la ventana, vio a la ballena en la montaña.
Un año de trece meses que se perdía sobre el lomo brillante del cantante marino; el fuego que se apaga de a poco en el hogar de la chimenea y el humo que se aleja volando y violando pulmones que sangran fácil. El cielo abre sus fauces brillantes para tragarse a la ballena que se disponía a coronar la cima, y de pronto desaparece, tragada por el tiempo perdido. El lobo vuelve a su pipa y al diario matutino. La taza de café se enfría, el fuego se ha apagado. Se calza las botas para no mojarse las patas y baja a buscar madera. La madera se escapa mientras la gente se enfría, pero no quieren ser combustible del sacrificio que genera calor en el mundo. Son pocos los que quieren consumirse completamente para el bien de otros. Nadie los culpa, las estrellas fugaces duran un segundo, y al día siguiente nadie las recuerda. El sol se quema día a día, pero es el único que se entregó a su destino.
Yo no me quemo, dijo la rama de alerce; si te quieres calentar, abrígate y deja de matar a mis hermanos.
El lobo se abrigó, pero la rama de alerce de todas maneras ardió, porque su alegato no fue oído.
El café se enfrió, el diario perdió su atractivo, pero la ballena volvió a aparecer en la cresta de una nube, aun más arriba de la montaña. El lobo se arregló los anteojos, y decidió que ya era hora de salir a cazar: una cría tierna de conejo o de humano, lo primero que hallara. Cerró la reja, se calzó la chaqueta y partió en busca de comida fresca, sin dejar de mirar a la ballena, que ahora bailaba vals con una paloma marrón.

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