Nos presentamos con las manos vacías, y muchas veces esperamos llenarlas de algo antes de que nos venga a golpear la puerta la pelada que viene a buscarnos. Puede ser que queremos vivir pensando que todo es ilusión, que si cerramos los ojos la vida cambiará en un tris, sin que sea necesario actuar e intentar cambiar la realidad.
Quizás queremos que todo sea fácil, porque siempre es difícil vivir, sentir y amar; porque somos imbéciles y nos sabemos imperfectos y llenos de temor. Temor a la vida, temor a la espera, temor a lo desconocido...
A veces pienso que realmente merecemos lo que nos sucede, que en verdad estamos recogiendo el fruto de nuestros actos... pero después pienso que no, porque hay gente que merece males mayores y no los reciben jamás.
A lo mejor pueden saltar los fanáticos religiosos que lean este blog (cosa que dudo, ni siquiera creo que ya alguien visite este lugar), diciendo que tendrán su merecido en el juicio final, en el purgatorio y esas cosas con que nos asustaron cuando niños para que no nos robáramos las galletas y los pancitos del desayuno. Y yo les digo: ¿Han pensado en que quizás Dios quiere que encontremos justicia aquí en la tierra? A lo mejor ya se aburrió de estar pendiente de lo bueno o malo que hacemos nosotros, simples humanos condenados a abandonar lo que hemos construido y amado, y se fue a tomar una cerveza celestial con sus amigotes. Por lo menos yo lo haría.
Lo que trato de decir es que creo que estamos solos y debemos cuidarnos entre nosotros, como huérfanos que se abrazan para vencer el frío. Si no encuentras consuelo en algo divino o superior, búscalo entre tus hermanos, entre los animales, en la naturaleza, la música o la pintura, cualquier cosa que te sirva para desahogarte y no te dañe.
Aún estamos aquí, amarrados a la tierra.
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