La cama revuelta. Tus tetas suben y bajan al ritmo de una respiración inocente, como la conciencia de un animal que no distingue el mal del bien. Las flores sobre tu teta izquierda me llaman para que haga una corona con sus pétalos y hojas.
Enciendo un cigarro y te dejo dormir, mientras el humo (como tantas veces) inunda la pieza y me esconde de miradas divinas que disfrutan observarme después de culiar. Dios es obsceno y voyeurista .
Te volteas sobre mi colchón. Miro tu espalda y la acaricio. Me gusta tu espalda. Las cenizas del cigarro se caen sobre la cama, pero no importa. Me levanto, camino hacia el baño y echo a correr el agua de la ducha. Me revitaliza el frío mordiendo mi piel.
Te escucho levantarte. Yo sigo en lo mío.
- ¿Te preparo un café?- me preguntas.
-No,- te respondo- vístete y vete, la plata te la dejé en el bolsillo de tu mini.
Te oigo murmurar, escucho como te vistes y cierras la puerta con odio tras de ti.
Salgo de la ducha y enciendo otro cigarro. El barbón mirón del cielo me sigue con la vista hacia la cocina. Los cuchillos siguen en donde los dejé. Recuerdo ahora las marcas en tus piernas.¿Fueron hojas de afeitar? Puede ser. Me pongo el pantalón y una camiseta y salgo a la calle. Abro el auto, lo enciendo, enfilo a la carretera. Cien, ciento diez. Bajo las ventanas y enciendo la radio. Ciento treinta. Pagué todas mis deudas, por lo menos te pague a ti por los años de placer y cariño que me diste. Si, también te dejé propina por los malos ratos que compartimos. Ciento cincuenta, si no me muero, quedo paralítico... Ciento veinte otra vez, no seré una papilla informe sobre el pavimento, prefiero pudrirme por dentro y dejarle al cáncer el camino libre.
Enciendo otro cigarro. No me sigas mirando,cabrón celestial.
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